Otra de mis pasiones es la escritura. Contar historias es algo que ha estado con nuestra especie desde siempre y, por eso, estoy escribiendo una novela de fantasía,

El Deseo de la Niña, otro punto de vista de la trama La Búsqueda del Hijo contada a través de las letras.Ya puedes leer su primer capítulo aquí…

La Trama

Cuando la tierra de Ercleón parece haber encontrado la paz, la pequeña Mav se atreve a soñar con aventuras y llegar a ser heroína.

Aunque nadie apuesta por semejante idea, la tranquilidad de este mundo pronto es perturbada y lo que empezó como una fantasía infantil se convertirá en una obligación para Mav.

En este primer viaje todo Ercleón se verá en juego entre la salvación y la ruina absoluta.

Ya puedes empezar a leer el capítulo aquí…

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El duelo ante el fuego



El abeto era alto y orgulloso como un viejo rey de tiempos ancestrales. El leñador palpó su corteza en silencio. Este mismo hombre tenía una envergadura impresionante; sus brazos eran tan gruesos como el tronco del abeto y su cuerpo parecía una torre que ni siquiera un mamut podría tumbar con facilidad. Bajo el cuello, colgaban varias pezuñas de oso, un abalorio que siempre tenía puesto por muy buenas razones. Por encima, llevaba una capa y capucha hecha con la piel del mismo animal, el primero que Orsajj Oso había matado. La hazaña de dar muerte a esa bestia le había dado el sobrenombre por el que todo el feudo le conocía y le había permitido unirse al clan más poderoso de los esteparios. Aun así, Sid Hombre dudó que fuese capaz de talar el árbol de un solo tajo.

—¿Estás seguro de que podrás hacerlo? —le preguntó.

—Ja, ja, ja, he hecho caer cosas muchas más enormes que este pequeño arbolillo. Observa, chico —le dijo Orsajj.

Sid vigiló las arboleadas. Mientras, su amigo puso sus manos en posición de rezo, cerró los ojos y giró las palmas hasta ponerlas en posición lateral. Cuando las separó, el collar de garras de oso empezó a brillar con un color púrpura.

—Hacha —dijo el leñador.

La herramienta apareció entre sus manos mientras los ojos del hombre relucían. Larga como un hombre, del mismo color que la luz de la magia y tan filosa y cortante como un hacha de acero real. El objeto mágico zumbaba y este sonido iba al compás de los movimientos del estepario. Este la levantó por encima de la cabeza como si quisiera decapitar a un hombre. El filo descendió fulminante sobre su objetivo. Se escuchó un crujido, luego un rumor y, tras rozar a varios de sus hermanos, el abeto cayó sobre el suelo. De un solo tajo, tal y como se había propuesto. En verdad, la armas que los sensibles a la hechicería podían convocar eran imparables. Tras la caída, resonó un fuerte estruendo. Desde las profundidades del bosque se oyeron chasquidos por aquí y allá y las aves emprendieron el vuelo. Todo esto puso muy nervioso a Sid Hombre, ya que detestaba a los animales.

—Mantén en alto la guardia mientras le quito las ramas —dijo Orsajj.

El muchacho asintió. Era una persona de diecinueve años. De cabello oscuro, barba, ancho de torso y una mirada pequeña y melancólica protegida por unas lentes de visión. Algo que Sid seguía sin comprender era porque Alce, su padre adoptivo y jefe del feudo de Última Frontera, le imponía esa clase de tareas. Se suponía que algún día sería dueño de todo ese lugar. Recoger madera para la ampliación del fuerte era propio de un siervo, no de un futuro cacique estepario. Quizás, el anciano le estaba preparando para lo peor. El chico observó a su amigo al mismo tiempo que terminaba de separar las restantes ramas del abeto. A pesar de su posición, encontraba en Orsajj Oso las cualidades de un auténtico hijo de la Estepa. Puso atención a su pesada y espesa capa de piel y sintió una admiración pareja a la que sentía por Alce. Ambos eran valientes, decididos, fuertes y habían acabado con dos de las bestias más temibles del bosque. Por parte de Sid, dar muerte a su primer animal era algo que aún tenía pendiente y le quedaba poco tiempo para hacerlo. Para poder unirse a un clan, un estepario tenía que matar en solitario a una bestia y quedarse con su piel antes de cumplir veinte años. Si ocurría de esa forma, las gentes del feudo empezaban a llamarlo por el nombre de la fiera con cuya piel se vestía. Si Sid lo quisiera, podría cambiar su apellido Hombre por el de cualquier criatura. Tan solo debía escoger que ser; un corzo, un jabalí, un lobo, un bisonte… Llevaba arco y flechas. Bastaría con dar un paseo, pues el bosque estaba infestado de esa clase de seres. Sin embargo, tenía sus motivos para demorar ese rito de pasaje. Pocas cosas le atemorizaban más que los animales. Había oído todo tipo de historias acerca de fieras que acababan de formas terribles con muchos de los suyos. Sin ir más lejos, dos de sus víctimas habían sido sus verdaderos padres. De ahí nació su temor y su aversión por las bestias. Pero no era el miedo lo que le detenía sino él mismo. Sid lo tenía todo en la vida y esa bendición le privaba de los retos que podría encontrar en pos de su camino hacia sus objetivos. Y ese era el problema; el chico era incapaz de decir que quería de la vida. Gobernar le parecía exigente y arduo, servir, aburrido e indigno… En esa vicisitud, había dejado correr los años mientras la corriente le arrasaba a un futuro incierto sin haber escogido todavía a qué clan quería pertenecer. A pesar de todo, tenía algo peor de lo que preocuparse. Por lo general, cuando salían a cumplir tareas con Orsajj, los dos conversaban animadamente. Ese día estaba siendo una excepción.

—Piensas en el combate, ¿verdad? —preguntó el leñador sin dejar de asestar hachazos con su herramienta mágica.

—Pues claro que pienso en eso. ¿qué pasará si Rasgard pierde? Si su rival toma el mando, estaremos perdidos —auguró el chico.

Orsajj cortó otra rama del árbol. Sin mostrar la mayor inquietud, dio su respuesta.

—Rasgard Alce ha liderado Última Frontera desde antes que nacieras. Es fuerte, hábil e irreductible.

—Lo sé. Me lo han recordado siempre desde que me acogió —apuntó el chico molesto.

—No lo suficiente. Eras solo un cachorro cuando el Profeta quiso reclutarle. Alce le despachó y ridiculizó tras vencerle en duelo. Tendrías que haberlo visto con tus ojos de hombre. Si pudo hacerlo una vez, lo podrá hacer de nuevo —aseguró Oso con convicción.

—Han pasado diez años. Alce es ahora más viejo, pero el Profeta sigue teniendo un gran poder. Decían que estaba muerto y resulta que hoy le esperamos en nuestros salones —señaló Sid.

—Han pasado diez años, sí. El Profeta oscuro retó a Rasgard y este le derrotó, le humilló. Será igual esta vez. Nunca se apoderará del liderazgo de nuestro feudo —insistió Orsajj alzando al fin la mirada.

Los ojos negros del leñador escrutaron a Sid bajo las fauces del oso y su postura se asemejó a la de esa fiera. Una creencia popular era que cuando un estepario de Meledia mataba a un animal, en cierto modo, se convertía en esa misma criatura. Orsajj Oso era testimonio de ello en ese momento. Esa confianza reconfortó al chico. Aun así, le quedaba una duda que necesitaba resolver.

—Una vez oí a las ancianas decir que el Profeta oscuro es hijo de un dios —añadió el joven estepario con la voz helada de miedo.

Orsajj volvió a mirarle y, con una sonrisa, dijo lo siguiente.

—Las ancianas solamente hablan. Si Rasgard le derrotó, o su padre es un dios de mierda o Alce es el mortal que está más cerca de ser divino. Además, hubo otros que le derrotaron antes. En cualquier caso, deja de preocuparte, Sid. Ahora, ayúdame con esto. He terminado —dijo el leñador para zanjar el asunto.

Orsajj se echó atrás, alzó la mano que empuñaba el hacha y, tras cerrar los ojos, esta se desvaneció como una humareda arrastrada por le viento. El tronco había quedado libre de ramas. Cada uno se situó en extremos opuestos del tronco. Contaron hasta tres, lo auparon, se lo cargaron en los hombros y se pusieron en marcha. Era Oso el que soportaba la mayor parte del peso. El joven estepario caminaba bien, pues solo servía como un apoyo ligero. Llevar ese lastre era el menor de sus problemas. Por mucho que su amigo intentase calmarle, su intuición mantuvo con vida sus dudas. Él era el hijo adoptivo de Rasgard Alce, señor de Última Frontera. Si este perdía, Sid lo perdería todo. A pesar de que nunca había encontrado satisfacción en tener tantas cosas, era consciente de que quedarse sin todo ello tampoco le haría feliz. Eso sin mencionar que, con toda probabilidad, el Profeta oscuro intentaría matarle si se hacía con el poder.

Sid y Orsajj Recorrieron el camino hasta llegar a la colina donde se erigía Última Frontera. Se trataba de un fuerte amurallado con piedra. Las torres de vigía se sucedían cada siete metros. Las pieles de diversos animales pendían de las alturas a modo de estandartes de los clanes. Los guardias hicieron soplar los cuernos para anunciar su llegada. Las puertas se abrieron para los dos esteparios y la visión del chico se encontró con un amplio patio. En él, convergían diversos edificios de roca que formaban un paisaje familiar bajo el tibio abrigo de un cielo gris. Hombres y mujeres estaban entregados a las tareas cotidianas. Todos vestían con las espesas capas de pieles propias del pueblo estepario. Sus caras estaban curtidas por el frío y esculpidas por el tiempo. Del mismo modo, la preocupación se les advertía desde lejos. A todos les afectaba el desafío entre Alce y el Profeta. Sid y Orsajj caminaron hasta depositar el tronco de abeto al lado de la muralla, donde las obras estaban en proceso. Mientras un par de hombres les facilitaban esa tarea, alguien fue a su encuentro; era una mujer joven de cabellos rubios, ojos celestes, piel pálida, cara bonita y mirada melancólica. Dos rayas de pintura roja cubrían sus ojos y le daban una apariencia feroz sin menoscabar su belleza.

—Salud y vida, Hombre y Oso. Debo informaros que hay reunión en una hora. Os esperamos en la Sala del fuego. El feudo quiere deliberar antes del duelo —anunció ella.

—¿Intentarán que Alce rechace el combate? —quiso saber Orsajj.

—Yo lo haré —alegó la chica.

—En tal caso, salud y vida, Lemma Gamo. Ahí estaré. ¿Vienes al comedor, Sid? Hay tiempo para recuperar fuerzas —propuso Oso.

—Yo iré en cuento resuelva un asunto —dijo sin apartar la vista de la chica.

Orsajj los miró de reojo. Sonrió sutilmente y añadió lo siguiente.

—Muy bien. Nos veremos en el sala entonces —dijo el leñador.

Oso le dio una palmada afectuosa en el hombro y se retiró a paso ligero con una sonrisa bajo la capucha. Mientras se alejaba, Sid y Lemma caminaron con buen ritmo por una calle que conducía a la parte alta del feudo.

—¿Cómo estás? —quiso saber ella.

—Aterrado —se limitó a decir Sid.

—Todo saldrá bien, ya lo verás —le dijo Lemma para animarle.

—Por un rato, quiero hablar de otra cosa que no sea el duelo. ¿Cómo estás tú? —preguntó el chico.

—Je, estoy bien. Las ancianas han estado todo el día comprobando los augurios. Todas anuncian la victoria del jefe. Aunque, entre profecía de triunfo y mal de ojo, una se me ha acercado y asegurado que el varón que será mi esposo está a punto de aparecer en mi vida —le contó ella en un tono divertido.

—A ver si lo adivino… Alto, fuerte, de cabello negro, del clan Mamut…   —bromeó Sid.

—Del clan Tiranosaurio nada menos, el futuro señor de la Estepa —dijo Lemma para seguirle el juego.

—Me pregunto de donde se sacan esas estupideces —se preguntó el joven estepario.

—Ya lo sabes; tradiciones, superstición y el decirles a las personas lo que quieren oír… —respondió la chica.

—¿Eso es lo que quieres oír? ¿Qué tu fiero y valiente esposo está por llegar al rescate? —quiso saber el muchacho.

Espero que lo sepa reconocer si lo tengo delante —replicó ella guiñando un ojo al chico.

—Siempre puedo hacerme con la piel de un tiranosuario —alegó él.

—Con que este año te hagas con una será suficiente para que seas señor de la Estepa. Aunque, también podrías ser el primer cacique que se apellide Hombre. Jefe Sid Hombre… Suena bien. ¿a que sí? —bromeó la chica.

 —Anda, no me recuerdes ese asunto…

—Vale, tú sal un día al bosque, mata a una ardilla y listo. Sid Ardilla también es buen nombre y, además, muy intimidante — se burló Lemma.

A pesar de lo incómodo que ese asunto era para él, el joven estepario se río, igual que su compañera. Aun así, ninguno de los dos dijo nada más. Lemma le condujo hasta una de las casas y abrió la puerta indicando que entrase. Sin mayor dilación, la joven cerró la puerta.

—Voy a encender la hoguera —dijo ella.

Sid se quedó justo en la entrada. Observó en derredor contemplando el hogar de la chica. Las casas esteparias eran de piedra y madera, con techumbres de teja y cierta reminiscencia a un pequeño baluarte debido a la distribución de sus contrafuertes y naves. Incluso con esa apariencia, resultaban acogedoras tanto por dentro como por fuera. El hogar de Lemma estaba lleno de cuencos a rebosar de frutos secos y tarros repletos de especias. Largas alfombras de piel cubrían el suelo mientras que en las paredes colgaban numerosos tapices bordados con gran destreza. Los que el chico podía ver en ese momento eran casi todos escenas de la historia del pueblo meledita; había viajes, coronaciones de reyes, fundaciones de ciudades y, más que nada, batallas. Estas habían fraguado la historia de los hombres y mujeres de la Estepa más que ninguna otra cosa. Tenían fama de ser un pueblo temible. Hubo un tiempo en que su gente se asentó por todo el norte de Ercleón, una potencia a la que ni siquiera sus grandes enemigos, los moradores de los árboles, podían parar. Desde entonces, habían sobrevivido, pero era un hecho que los territorios que los feudos ocupaban ahora eran mucho más reducidos que antaño. El poder de los esteparios había menguado y eso hizo pensar a Sid en una cosa.

—¿De verdad lo crees? —quiso saber el chico.

—¿El qué? —preguntó Lemma a su vez sin entender.

—¿Crees que Rasgard puede ganar a Ar Rabatah? —le planteó Sid

Ella se le acercó, agarró sus hombros y dijo lo siguiente.

—Tú y yo somos carne y vida juntos. Incluso si el Profeta prevalece, ningún tirano nos separará. ¿Entiendes? —le preguntó ella con seriedad.

Sid sonrió y contempló a la joven embelesado por su belleza, por el coraje que le inspiraba.

—Me encanta cuando la sangre acecha tus ojos, te hace ver más…

¿Salvaje? —preguntó ella.

—Así es. Lemma, si pasa lo peor quiero que sepas que…

Ese murmullo quedó enmudecido. Los labios de ambos jóvenes se fundieron en el calor y el deseo. Durante largo rato el abrazo de sus cuerpos fue todo lo que necesitaron. Después de un manantial de caricias, besos y miradas de fuego, Sid se detuvo. Con una actitud que rozaba la veneración, removió las capas y túnicas de piel que envolvían a Lemma. Prenda a prenda, las ropas se deslizaron con rapidez de su cuerpo. Así fue hasta que el torso de ella quedó al descubierto. La piel de la chica era clara como la plata y tersa como la porcelana. Los pechos eran pequeños, aunque abultados. Sus caderas eran delgadas, pero de curvas marcadas. Su juventud y mácula eran una belleza similar a las flores capaces de sobrevivir al frío y al hielo. Sid contempló todo esto anonadado, sin poder creer que una criatura tan hermosa pudiese ser real en un mundo tan lleno de fealdad y suciedad.

—Lemma —murmuró él en apenas un susurro.

Entonces, se acercó a los pechos y jugueteó con ellos con una ternura que despertó las primeras carcajadas de la muchacha. Sid continuó regando la piel de la chica con besos. Después llegó a la falda, a la cual, hizo caer hasta el suelo. El resto sucedió por sí solo. Sid tardó poco en quitarse sus propias prendas. Estaba lejos de tener un cuerpo monumental como el de Orsajj, si bien era cierto que su actividad talando árboles le había otorgado el aspecto de un hombre atlético. Por suerte, su físico quedaba en un segundo plano ya que su mayor ventaja era su talento para complacer a su amante. Después de los besos, Sid condujo a Lemma hasta el suelo. Ella lo esperó mientras el chico se quitaba el resto de la ropa; la camisa interior, pantalón, calzado y calzones volaron y se separaron de su piel dejándolo tan al descubierto como cuando llegó al mundo. Más o menos hermoso, la chica le observó con deseo y susurró lo siguiente.

—Ven.

Sid hizo caso. Se agachó y se tumbó sobre su amante. Tanto él como su miembro estaban listos para hacer el amor. Él penetró a Lemma y en ese momento ambos se convirtieron en un mismo ser. Los gemidos se produjeron sin cesar. Sin prisa alguna, el chico se deleitó mientras deleitaba. Durante un instante, todos sus miedos se disiparon y el joven estepario vivió un momento de paz y felicidad. Provisto de toda su virilidad y vigor de la juventud, las acometidas del muchacho eran fuertes, decididas, pero siempre cuidadosas y delicadas. Lemma dejó de gemir y empezó a gritar. Llena de goce, aquellos chillidos parecieron más una especie de cántico sagrado en honor a lo que ambos sentían desde su atracción más carnal hasta su vínculo más íntimo y profundo. La nota más alta de aquella canción llegó al momento de culminar su encuentro.

Los dos amantes se separaron al cabo de un rato. Los jadeos tardaron en acallarse. Sid estaba agotado y cubierto por una capa de sudor, aunque se sentía muy satisfecho. Dedicó ese instante a pensar. Su mirada se desvió hacia un lado y vio de nuevo los tapices que decoraban las paredes. Lemma le dijo algo que se perdió como un murmullo en la cabaña, el chico estaba demasiado concentrado en sus pensamientos. Ningún encuentro sexual podría cambiar la realidad ni tampoco salvarle del peligro. Nada más la figura del Profeta oscuro apareció en su cabeza recordó la situación en la que se encontraba. Sid se separó de su amante, cogió los calzones y se los puso. Se abrigó con la capa y se puso las lentes de nuevo. Él se levantó y caminó hacia una de la ventanas y observó las vistas: Lo que se veía era la tierra que le había visto nacer; la Gran Estepa de Meledia, habitada por sus antepasados desde hacía siglos. El chico la contempló pensativo y, casi por inercia, desvió la mirada al sur, donde la figura que siempre les había hecho sombra se alzaba imponente incluso desde la lejanía. Ahí estaba, más allá del rio que se llamaba como su hogar. Retorcido, gris, enrevesado y viejo… El Cenebro era una pálida figura escoltada por la silueta de la montaña Punta elevada. Muchas cosas pasaron por la cabeza del chico, hasta que Lemma, que se había acercado envuelta en una capa, le abrazó llena de consuelo y amparo. Cuando habló de nuevo fue para decir lo siguiente.

—Tenemos que irnos. Tu padre te necesita —le dijo ella.

Sid esperó unos instantes para hablar de nuevo.

—Ya claro… —farfulló él con enfado.

—Así es. Te quiere más que a nada y, para convencerle de que rechace el combate, hará falta tu voz —apuntó la esteparia.

—¿Crees que podemos convencerle para que rechace el desafío? —quiso saber el chico.

—Lo intentaré, pero, aun si fracaso, sé que todo estará bien —insistió Lemma.

—¿Cómo puedes decir eso? —quiso saber Sid.

Ella le miró a los ojos sin apartar la mirada.

—Rasgard se enfrentará al Profeta oscuro, le matará y tú seguirás siendo el príncipe de Última Frontera. Tanto si te haces con tu piel como si sigues siendo Sid Hombre.

Había total convicción en sus palabras. Él puso su mano sobre la cabellera rubia de Lemma y añadió lo siguiente.

—Y tú serás mi princesa —le prometió.

Los dos amantes se besaron con fervor y mucha ternura. Aquel contacto era lo último que harían antes de marchar a la asamblea y ser testigos de aquel conflicto.

Los jóvenes esteparios salieron de la casa y fueron directos al gran salón del feudo, la hora estaba a punto de comenzar. Este se encontraba bajo una pequeña fortaleza construida en la cúspide de la colina. La puerta principal se levantaba con mayor altura según los dos esteparios se acercaron a ella. Los guardas ataviados con capuchas de ciervo les dejaron pasar mientras se hacían a un saludo. Con cada paso, los nervios del muchacho crecían. Caminaron en absoluto silencio por un patio interior. Un poco más adelante, había una enorme cabaña de madera pétrea y techo de paja. Toda ella estaba decorada con largos tapices parecidos a los del hogar de Lemma y pieles de los animales que los antiguos jefes hubieran llevado alguna vez. Estos cubrían las paredes como si fuese el pelaje de alguna bestia gigante. El más impresionante de todos era una gran piel de mamut que conservaba los cuernos curvos y gigantes. Esta pendía de una carpa que se extendía ante la entrada. Ambos amantes atravesaron una segunda puerta custodiada por otro par de guardias. Las añejas piezas de madera astillada que formaban el portón se quejaron mientras se separaban la una de la otra. Lemma se adelantó y Sid la siguió de cerca mientras atravesaban un oscuro pasillo iluminado al final por una luz. En las entrañas de la cabaña, el fuego ascendía como una amorfa columna de calor. Cercado por una bañera de piedra, las ascuas se contorneaban como víboras que jugaban con su presa. Estas llamas alumbraban las múltiples cabezas de animales que colgaban de las columnas que rodeaban la gran hoguera. Casi todos los miembros de la aldea estaban ahí: los lobos, los perros, los carneros, los gamos, las ardillas, los tejones… Cada uno debía sentarse junto a su grupo. Como Sid carecía de una piel, estaba obligado a ir junto a los más jóvenes, algunos de ellos niños. Lemma no solo debía ir con el clan de los gamos, sino hablar directamente al hombre que estaba sentado en el trono de la sala.

Los jóvenes se miraron con complicidad antes de tomar caminos diferentes. Sid fue junto a los zagales que carecían de pelajes. Una vez aposentado, miró en derredor. Orsajj Oso se encontraba allí, rodeado de hombres cubiertos con pieles de úrsidos. Sus miradas se encontraron. El leñador hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo, mientras que Sid se limitó a dibujar una tímida sonrisa. Su amigo conformaba una élite de fieros guerreros del feudo, Con aquellos atavíos, todos los Osos parecían verdaderas fieras. En ese momento, el chico lamentó haber retrasado su rito de pasaje y deseó ser un guerrero poderoso como ellos. Más que nunca quería ser capaz de defender su hogar con la fuerza de una bestia y ser sensible a la conjuración igual que Orsajj. Por desgracia, solo era un hombre, incapaz de hacer magia alguna y sin un clan propio. Todo lo que podía hacer era quedarse quieto y esperar. Según el muchacho tomó asiento y sintió el tacto de la fría roca, escuchó la palabras de la mujer que amaba, quien ya se había dirigido hacía su señor.

—Jefe Alce, debemos evitar esto. Somos la última manada esteparia que está libre del yugo del Profeta oscuro. Si caemos, todo miembro de nuestro pueblo seguirá a Ar Rabatah a la destrucción —dijo ella con una autoridad que nadie atribuiría de primeras a una chica de su edad.

Las astas se alzaban encima del trono. Salían de una capucha que ocultaba en conjunto con una barba del color de la nieve el rostro del estepario. Se escuchó una voz grave y pesada proveniente de aquel hombre.

—Quizás no lo recuerdes, niña, pues eras un cachorro. Cuando el Profeta oscuro llegó a la Estepa, derrotó uno a uno a los caciques de las manadas. Cuando me desafió, le vencí en duelo singular en este mismo salón y lo volveré a hacer en el día de hoy. Llevo en pie más de una década y continuaré de pie mucho más—alegó Alce.

—Cierto es, mi señor. Comprendo su afán y su fervor para defender la tradición del duelo singular. Es algo muy importante, pero, ¿se mantendrá si ese individuo se convierte en jefe de este feudo? Los meleditas dejaremos de ser hijos de la Estepa para convertirnos en esclavos del Profeta —argumentó Lemma.

—Los meleditas dejaremos de ser hijos de la Estepa cuando renunciemos a la tradición que nos ha hecho fuertes durante centurias. Ar Rabatah me ha desafiado y, como jefe y señor de Última Frontera, me enfrentaré a él y lo aplastaré de nuevo —auguró Rasgard.

Sid había respetado la palabra de su señor padre, pero, al ver como el destino se cernía sobre el hombre que le había criado, se vio obligado a intervenir.

—No podrás. Te vencerá. Eres más anciano que antaño. Si luchas contra él hoy, será la última vez que lo hagas —declaró el muchacho.

Dichas esas palabras, todos los clanes le apuntaron con sus miradas. Eso le incomodó, pero menos que dejar que su padre adoptivo caminase directo a la muerte. Avanzó sin vacilación y se plantó en frente del trono. Rasgard habló antes de que añadiese nada más.

 —¿Qué es lo que propones entonces, hijo de la Estepa? —quiso saber Alce.

—Que, por una vez, nos olvidemos de la tradición, que cuando ese manipulador entre con sus delirios de grandeza, le expulses a patadas y cierres a cal y canto Última Frontera. Propongo que escojas vivir antes que morir —dijo Sid con la voz en alto y las lágrimas al borde de los ojos.

—Puedo vivir sin respetar la tradición, créeme que lo he pensado. Por supuesto que hay días en los que quiero olvidar las viejas costumbres, seguir aferrado a este trono y a este feudo. Por supuesto que podría ser como los moradores de los árboles y permitir que esta asamblea escogiera a mi sucesor antes de tiempo…

El anciano tomó una pausa y contempló detenidamente a su hijo adoptivo. Supo que lo decía a modo de reproche por carecer de piel, por seguir sin pertenecer a un clan, por no estar listo. Sid tuvo que bajar la mirada. Sintió vergüenza y frustración por verse incapaz de detener al anciano. Alce siguió hablando.

—A pesar de todo, ni lo he hecho ni nunca lo haré. ¿Sabes por qué, hijo de la Estepa? —le preguntó Rasgard a Sid.

—Dime —dijo él con la mandíbula tensa, adivinando las futuras palabras de su padre.

—Somos meleditas, la primera estirpe de hombres y mujeres que se asentó en Nú. Miles de pueblos han venido y partido, pero nosotros hemos permanecido fuertes. Nuestra dureza se ha forjado generación tras generación. Desde que se nos obliga a matar a las bestias, se nos inculca a ganarnos lo que queremos. Los esteparios hemos logrado sobrevivir de esta forma. Los hay que se convierten en lloricas faltos de poder, que hablan en charlas de filosofía y falsa moralidad y pervierten lo que les hace temibles. Nosotros somos capaces de habitar en el frio y la escasez y salir más poderosos. Por eso aceptaré el desafío del Profeta, por eso plantaré cara. Podría vivir sin luchar con él, Sid Hombre, pero jamás volvería a hacerlo con orgullo, Esto es lo que pareces ser incapaz de entender.

Sid solo podía contestar de una forma.

—Lo que no entiendo es como te puede importar más vivir con orgullo que con tu hijo —le espetó con las lágrimas a punto de salir de su rostro.

—Viviré con ambos. Rabatah perderá. Es un perro sarnoso que solo sabe ladrar —declaró Alce.

Sid quiso replicar. Entonces, hubo silencio en toda la Sala del fuego. A pesar de que la hoguera ardía con viveza, el muchacho sintió un desagradable escalofrío que le hizo tiritar incluso con las pieles puestas. Alguien acababa de entrar allí.

—Hasta un perro sarnoso puede aprender trucos nuevos —dijo una voz llena de jactancia.

Quien dijo aquellas palabras portaba una capa negra arrastrada por un cuerpo alto y esbelto. El rostro quedaba oculto por una máscara. Llevaba en el pecho una piedra que brillaba con un resplandor frío y azul. La misma emitía un zumbido que hacía vibrar cada rincón del cuerpo cuando se lo escuchaba. En su hombro derecho, había un búho real. Eso inquietó a Sid casi tanto como el recién llegado. Los ojos del ave eran del mismo color que el de la hoguera. La rapaz miraba a todos y cada uno los esteparios y parecía ser capaz de leer los pensamientos de cada uno de los presentes. Detrás de Ar Rabatah caminaban dos hombres de un tamaño que superaba los dos metros. Tenían pieles pálidas y el cabello platino, además de miradas frías como el hielo del exterior. Eran véudran exiliados, una raza de semigigantes que, tras la batalla por el Cenebro, se mantenían fieles a su señor. Hubo murmullos y protestas. Los más valientes le instaron a marcharse. Ignorándoles, Ar Rabatah avanzó con pasos llenos de confianza por la sala. Cuando vio que se acercaba a la hoguera el joven le encaró

—¡Sacrílego traidor! Esta es una asamblea privada. Espera hasta que llegue la hora del desafío —le recriminó Sid.

—¡Silencio, chico! —gritó Rasgard.

Su advertencia llegó tarde. Para ese momento, el Profeta oscuro ya se había girado y apuntaba directo al joven estepario con el cuerpo. El búho permaneció inmóvil en su hombro mientras le clavaba sus ojos de color hierro candente en lo más profundo de su ser. Sid se sintió tan aterrado que se arrepintió de haber dicho nada.

—No me culpes, niño, os he visto aburridos y pensé en emocionaros con mi presencia —se mofó el enmascarado.

Los véudran rieron mientras los esteparios permanecían en un tenso silencio. Todos callaron excepto Rasgard.

—El cachorro ha hablado a destiempo, pero tiene razón. Eres un arrogante que se cree por encima de las tradiciones, las leyes del mundo y los propios dioses —le acusó el anciano mientras se ponía en pie y levantaba todo el peso de la cornamenta como si esta fuera un simple sombrero de piel.

Ar Rabatah se olvidó por completo de Sid, aunque el búho todavía escrutó al muchacho un rato más. En ese momento, el chico sintió más pavor por la rapaz que por aquel embaucador. Dio gracias a los dioses cuando el ave dejó de fijarse en él. Esa mirada era como pisar una brasa con los pies descalzos.

—Anciano, he estudiado las tradiciones y las he cumplido a rajatabla. Sé cómo funciona mejor que nadie las leyes del mundo, pues de ellas proviene mi poder. También idolatro a los dioses más que nada; soy el hijo de uno de ellos —replicó el enmascarado.

—Eso lo dudo —declaró Rasgard.

El jefe estepario se quitó la capucha y dejó al descubierto un rostro largo, pálido y casi calvo. Hubo un gran silencio en la Sala del fuego. Todos sabían que el combate iba a comenzar de inmediato. Las alarmas de Sid estaban todas encendidas; el Profeta oscuro mostraba una calma y una seguridad que parecían inquebrantables.

—Mi señor, es pronto para el desafío. Hemos de convocar a los cabecillas de las aldeas —recordó Lemma.

—Si un malnacido llega a tu casa, se burla de tu gente y tus costumbres, debe salir escarmentado —dijo Alce sin dejar de mirar a Rabatah.

—Comencemos sí lo crees así, estepario —apremió el Profeta oscuro.

El anciano se quitó los abrigos de piel y dejó al aire un torso fibroso y delgado en el que un pequeño colmillo de dinosaurio colgaba desde el cuello. Sid se quedó cerca del trono mientras su garganta y corazón se volvían duros como rocas. Como siempre, Lemma estaba a su lado, quien le cogió la mano. Ya solo podían mirar. Rasgard cerró los ojos y se concentró. Repitió los mismos gestos que Orsajj Oso había hecho para invocar el hacha y cortar el abeto: puso las manos en posición de rezo, las giró y, después, las separó. Cuando estás dejaron al descubierto su pecho, el colmillo que tenía como colgante se encendió con el color de la sangre. Los ojos del anciano se abrieron y refulgieron como el fuego de la sala.

—Hachas —dijo Alce.

Las armas se manifestaron desde las palmas de sus manos. Rojas como una brasa e igual de luminosas, resonaban con un zumbido parecido al de la piedra de Ar Rabatah o el hacha de Orsajj. El Profeta oscuro hizo gestos parecidos. Cuando el búho emprendió el vuelo para alejarse, emanaron dos espadas cortas. Eran del color del hielo, más frías y mortales que ningún acero forjado en el fuego. Esa tonalidad era por la batería del Profeta. Los magos que usaban garras, colmillos o agua como batería creaban armas de colores cálidos, de una conjuración que duraba menos tiempo, pero que tenía mayor resistencia a ser quebrantados. En cambio, las armas de los hechiceros que usaban piedras o metales solían ser de colores fríos, su invocación duraba más, aunque resistían peor el choque con otras armas. Usasen los medios que usasen, el destino comenzó a jugar sus cartas. La pelea había comenzado.

Alce bramó como si fuese el animal al que había matado hacía años y embistió al Profeta oscuro con el poderío de los aludes de cien montañas heladas. La edad había dejado su vigor y rapidez intactas, ya que el anciano corría como si fuese un hombre en la treintena. Rabatah se echó a un lado y dejó pasar a su adversario. Este le dejó atrás y reculó su carga para posicionarse de nuevo. Al ver que el enmascarado había evadido su primera acometida, Alce esperó a que fuese el Profeta el que atacase. Orsajj le había explicado a Sid varias veces como funcionaba la magia. Aunque los zumbidos de las armas encantadas se escuchaban en toda la estancia y sus invocadores fuesen diestros hechiceros, esos objetos tardarían poco en desaparecer. Podía ocurrir en cualquier momento y eso obligaría al conjurador a hacer otra invocación que podía dejarle vulnerable en el peor momento. Por ello, ambos rivales tenían que darse prisa. Consciente de ello, Rabatah se lanzó al ataque. Era como la ráfaga de una tormenta que saltaba de un extremo a otro. Sid pensó que, de haberse enfrentado con del hechicero, habría sido incapaz de verlo venir. Al cabo de un parpadeo, vio a las dagas azules besar a las hachas rojas. Un color purpureo apareció en la zona donde chocaban las armas a la par que un chirrido apuñalaba los oídos de todos los presentes. Fue un golpe seco y letal al que ambos contendientes sobrevivieron. Los dos se separaron y tomaron distancia. El silencio habría sido absoluto de no ser por el chasquido de las llamas y el zumbido de sus armas y baterías mágicas. Los contendientes se observaron y aguardaron. Sid estuvo seguro que los dos medían sus fuerzas para que el próximo golpe fuese el definitivo. La hoguera siguió moviéndose al son de los andares de aquellos dos brujos. Pasó un rato y ninguno de los dos contendientes hizo nada. La tensión era insoportable. Cualquier paso en falso, cualquier cálculo mal hecho, y uno de esos guerreros abandonaría el mundo para siempre.

Un nuevo bramido de furia escapó de la garganta de Alce. Los tablones y dinteles de madera temblaron. Más de una piedra se cayó de las columnas. El anciano estepario saltó hacia su enemigo con intención de asestar el golpe final. Las hachas sedientas del fluido cuyo color compartía volaron directas hacia la cabeza enmascarada de Ar Rabatah. Este se agachó y levantó sus mano empuñando la daga azul. Cuando el hacha golpeó de nuevo ese arma, el poder del colmillo del estepario se sobrepuso al de la piedra del Profeta. La cuchilla del Hechicero corrupto se quebró y desapareció de la mano de su portador. El milagro había ocurrido, Rabatah todavía conservaba la otra hoja, pero su guardia había bajado. Estaba vulnerable y a merced de Alce. Sid gritó presa de la emoción. Sin duda, su padre zanjaría el combate y la amenaza del Profeta oscuro acabaría para siempre. Una sonrisa se hospedó en el rostro del muchacho impaciente por ver el desenlace de aquello, pero su decepción no pudo ser mayor.

Nada más perdió su cuchillo mágico, el guante negro del Hechicero corrupto descendió con rapidez hacia el cinturón. Un tenue brillo azul propio del metal apareció en el aire. Surgió un puñal y, antes de que Alce tocase el suelo, se hundió en el cuello el estepario. Este golpeó al anciano con fuerza hasta el punto que las armas de Rasgard se le escaparon de la manos. Los resplandores rojizos volaron dando vueltas sobre sí mismos a gran velocidad. Una de las hachas se hundió en el suelo, por desgracia, otra tuvo el desafortunado tino de impactar en el vientre de un hombre vestido con pieles de tejón sin que pudiera esquivar el proyectil. Justo cuando el arma hubo matado a aquel desgraciado fue cuando se desvaneció junto con el hálito del estepario abatido. Hubo gritos de terror y angustia. El cuchillo que se había hundido en el cuello de Rasgard desgarró por completo su garganta mientras este caía con todo su peso al suelo. El búho del Hechicero corrupto reapareció desde el techo y se posó muy cerca de Alce. Sid se pensó que este iba a devorarle mientras se moría, pero eso no sucedió. Los ojos refulgentes del anciano se apagaron y dejaron a la vista una mirada de color gris, empequeñecida por el miedo. Una que tenía su atención puesta en el muchacho.

—Hijo… —susurró el viejo estepario con el temor previo a atravesar el umbral final de su vida.

Sid habría querido romper a llorar, pero eso habría sido una humillación, más con aquel malvado delante suya. Sin embargo, Rabatah, solo tenía atención para su rival vencido. El Profeta oscuro se agachó con jadeos y sudando debajo de la máscara de hueso. Con cada gesto, mostró un respeto que Sid jamás le habría atribuido hasta ese momento.

—Tiempo atrás aprendí que, allá donde falla la conjuración, el acero de la tierra y la fragua es mejor que cualquier embrujo. Eres poderoso, hijo de la Estepa. Ha sido un honor. Ahora, ve con tus ancestros —dijo Rabatah con una compasión propia de alguien honrado.

Por desgracia, Sid conocía la historia de aquel brujo. Ahora que había vencido a su líder, hasta el último estepario le debía lealtad. El Profeta oscuro alzó el puñal teñido de sangre mientras el búho real se posó de nuevo en su hombro. Todos los clanes se levantaron, incluso Orsajj y los demás osos contemplaban al brujo con pavor ante su victoria. Cuando estos fueron los primeros que hincaron la rodilla, la desesperación se alojó en el muchacho. Uno a uno los meleditas le imitaron. Lemma tenía una cara de espanto, pero también de prosternó y Sid fue el último en permanecer de pie. En contra de todo lo que el chico creía justo y moral, se arrodilló igual que sus semejantes.

—Que la Estepa se apiade de nosotros —rezó a la deidad que parecía darles la espalda.

Antes de bajar la vista, el chico vio el rostro de Rasgard. Su mirada muerta estaba clavada en él. De sus ojos colgaban más de una lágrima. Quizás, en sus últimos momentos, había dedicado sus pensamientos a Sid. Ellos no compartían la sangre, pero se habían amado en el tiempo que vivieron juntos. Ahora que pocos le veían la cara, se puso a llorar a su padre muerto, aquel que le había dejado solo ante el peligro y sin un propósito. Si ya se había sentido perdido viviendo como heredero de Alce, ahora a esa incógnita se le añadía el miedo. Sin el anciano, él era uno más en la Estepa. Uno de los muchos esclavos del Profeta Oscuro. Solo los dioses sabían que propósito les depararía y que planes tenia reservado para ellos.


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